Gracias a la invitación de  
Adescas he podido disfrutar de la pesca de estas truchas autóctonas en
el Sureste de León, además de poder probar la variada y espléndida gastronomía
local y también su rica cultura e historia.

Adescas es un grupo de acción local que realiza trabajos que
son un ejemplo a seguir, para el desarrollo y 
mantenimiento de los recursos locales.

Así que han organizado, y con mucho éxito, este 2º Encuentro
Internacional de Pesca y Turismo Rural.

La recomendación de mi amigo entrañable, Tomás Gil,
co-organizador del encuentro, hizo que fuera invitado a este evento fabuloso
donde prevaleció la pesca, la cultura, la gastronomía y sobre todo camaradería.
Trataré de relatarles las idas y venidas para capturar éstas esquivas y
huidizas farios.

El encuentro

Debo decir que jamás he participado en un encuentro de éstas características, tan bien organizado y poniendo tanto esmero en que los participantes disfrutáramos de
las bondades de la pesca, entorno, cultura, arquitectura, historia, gastronomía
y un sin fin de paisajes y vivencias compartidas.

El Sureste de la provincia de Castilla y León fue nuestro objetivo, con la ciudad de
Sahagún como centro operativo, y desde el cual nos trasladábamos a los ríos,
como Cea y Esla, y a las localidades como Mansilla de Mulas, Valderas,
Galleguillos de Campos, Almanza, Castroañes, y varias más del entorno.

Los invitados fueron más de 25 pescadores y periodistas de España y del exterior,
como también medios gráficos y televisivos.

Organizado por Adescas, Grupo Ninf@ Calidad y Cesnatur que concentran su labor en el desarrollo del medio rural a través de la dinamización del turismo de pesca en
sus extraordinarios ríos.

Casas rurales encantadoras y en variadas localidades facilitan mucho la elección de acuerdo a la zona del río donde queramos pescar. Todas las casas rurales como también la gastronomía tienen un toque especial. Ni qué decir de sus gentes,
amables hasta más no poder.

El Camino de Santiago atraviesa muchos de estos pueblos, donde desde la Edad Media han pasado cientos de miles de peregrinos camino a Santiago de Compostela, en Galicia, para visitar las reliquias del Apóstol Santiago el Mayor.

Me veo en la obligación de nombrar a Tomás, Miguel y Estrella que fueron las personas encargadas de acoger y organizar a una treintena de ávidos pescadores. Mención especial a Tomás Gil, amigo entrañable Leonés.

 

Pensando en Truchas

Se respiraba pesca a cada momento, en cada conversación, foto que se hacía o anécdota que se contaba. Y ésta no defraudó. 

La pesca en los ríos de España es con moscas muy pequeñas, entre anzuelos del 16 al 22, y terminales extremadamente finos, la presentación deberá ser precisa y delicada, la deriva perfecta y la clavada rapidísima. (foto 3) 

No es de extrañar que haga falta tanta precisión, esmero y atención en la pesca de estas farios ya que llevan cientos de años tratando de ser engañadas por los
pescadores y seguramente en sus heredados genes lleven ya incorporado todos los catálogos de moscas a las cuales no deben comer, y sirva de referencia a lo que digo, que por el año 1.624 se escribió el famoso Tratado de Astorga escrito por
Juan de Bergara que comenzaba así: “En nombre de Dios y de Nuestra Señora. Este es un libro de aderezar y adobar plumas para pescar truchas...”  desde entonces las autóctonas truchas han ido aprendiendo en la universidad del río. También Carlos 1º (1500-1556) se hizo construir un estanque donde sembró truchas para pescarlas y degustarlas en su cocina. Milenarias truchas.

Engañar una de éstas truchas milenarias, que no está comiendo en superficie, con una mosca seca, es tarea que llega hasta casi la desesperación, como nos pasó a mi amigo y guía Antonio (un fenómeno) que, intentando engañar una trucha mediana, aunque le cambiamos más de cinco veces el patrón de mosca seca, subía con una lentitud y parsimonia a observarla de cerca, yo diría que hasta casi rozarla y acompañarla en su deriva sin tomarla, luego bajaba, volvía a su apostadero y a comenzar de nuevo. No pudimos con ella, pero nos hizo pasar un rato donde
tuvimos que templar los nervios y rendirnos, para luego dejarla en paz hasta
otro día, en que esperábamos estuviera cebándose en superficie.

Los días de pesca transcurrían desde temprano, desayunando en el hostal “El Ruedo” donde estábamos alojados mi compañero de pesca Eduardo Carmona y yo, para luego desplazarnos a los ríos elegidos para ese día.

El primer momento que pudimos pescar fue la primera tarde, casi ya entrado el crepúsculo, buen momento. En casi una hora pudimos engañar, a cuatro lindas truchas, casi bajo el puente de San Pedro sobre el río Cea. En ese momento nos acompañaba la cámara de Quique del programa Silvestría dirigido y presentado por Marcelo Verdeja(foto 1). Estos ríos prometían.

A nuestro guía Antonio, (cada 2 pescadores había un guía, cual de ellos más cualificado para estas tareas) le gustaba mucho un par de tramos del Río Cea, en el que las aguas bajaban lentas con algunas pocas correderas, pero sobre todo unos posones impresionantes, que alojaban truchas enormes.

Tal es así que a la segunda mañana de pesca nos trasladamos al puente que va al pueblo de Villamol, y desde él  pudimos ver varias cebadas en superficie. Nada más que hablar, a enfundarse los vadeadores, las botas, armar las cañas y al río. Eduardo entró por la margen derecha bordeando unos carrizos que se hundían en el fango del fondo y pensábamos que de un momento a otro lo perderíamos de vista bajo el agua. Sin embargo y sorteando estos obstáculos comenzó a castear y a presentar su mosca preferida, una emergente oliva clara en un tamaño del 16 o 18. Las truchas no se hicieron esperar y en el transcurso de la mañana realizó más de cinco capturas y otras tantas más que se escaparon.

Por mi parte, entramos por la margen izquierda con Antonio, y divisando una pintona
que comía a unos 10 metros delante nuestro decidimos tentarla con una Miguelina
(emergente color crema con un tag naranja y alas de CDC). Por el tipo de cebada
y el lomo que dejaba ver tras comer, era una linda fario. Presentación delicada
no sin dificultad, ya que en ese margen emergían del fondo las ramas de un
árbol sumergido, que se intuía grande. La picada no se hizo esperar, dobló mi
caña como si fuera un junco (caña Sage #3 tippet 10, línea flote y un carrete
Cayuga STH) la clavada fue buena, no se iba a soltar. Comencé a destilar
adrenalina, comenzó la carrera hacia el fondo de la poza, di dos pasos hacia el
borde del posón y en ese momento vi de dónde salían las ramas que había
sorteado en el lance, era un árbol de unos 15 metros sumergido y al borde de la
poza, lleno de ramas, ésta trucha sabía elegir su hogar. La carrera de la
trucha se invirtió y rápidamente se dirigió hacia donde ella sabía que no
podría sacarla jamás, su casa, su guarida inexpugnable. Al intentar evitar que
llegara a la palera, mi presión fue mucha y cortó. Se fue con la Miguelina como
pircing y a mí me quedo la cara que a todos se nos queda cuando nos suceden
estas cosas, de tonto. Seguramente Miguelina (así la bauticé) ya habrá frotado
su boca contra los palos para desprenderse de mi mosca y la habrá dejado junto
a otras tantas mosca que seguro guardará como trofeos de batallas ganadas.

No podíamos entretenernos más, nos esperaban para almorzar en El Jardín de la Huerta, en Galleguillos de Campos. El almuerzo era de 15:30 a 16:30 horas, llegamos cinco minutos tarde, nos sentamos a comer no sin antes recibir el reto de Tomás por llegar tarde. Luego nos trasladamos en autobús a Valderas donde visitamos este magnífico e histórico pueblo, visitando sus calles y monumentos sin
desperdicio, acompañados por el Alcalde visitamos entre otros el antiguo seminario donde en 1808 se alojó Napoleón comandando las campañas militares en España. 

Luego de llenar nuestras retinas de historia nos sentamos en un bar donde no tardó un desafío de Mus que se interrumpió cuando dijeron: “Está todo preparado para la cena y el bacalao al ajo arriero no puede esperar servido en las mesas”, cena de lujo de este plato típico, charla, puritos, autobús, más charla y ya por
último a dormir, que el día había sido largo y el de  mañana lo sería más.

El día siguiente, pescamos el Río Esla (o Papá Esla debido a su tamaño) un río muy ancho y con zonas bastante profundas pero que en su curso siempre encontraremos lugares donde acceder y poder vadearlo con seguridad. La pesca no fue lo que esperábamos los pescadores aunque sí se produjeron bastantes capturas en aquellos que se decidieron en utilizar ninfas y dominaban ésta técnica. Así hubo gente que sí tradujo sus intentos en capturas, y muchas para aquellos que
utilizaban el método de pesca tradicional a la leonesa (boya con un aparejo de
tres a cuatro moscas ahogadas). Ese día fue muy productivo para mí, no por la
pesca ya que no le vi el hocico a ninguna trucha, si no que pude pescar junto a
Miguel Herrera, un pescador extraordinario y generoso, además dirige una
revista de pesca llamada “Ninfa” muy interesante y amena que recomiendo. Con él
y Antonio recorrimos por más de una hora un tramo del río precioso que
aprovechábamos, entre lance y lance para charlar y compartir, dándonos cuenta
que había muchas cosas en común y que seguro nacerían muchos proyectos a partir de ese encuentro.

Al momento de la comida en Mansilla nos esperaba un cordero al horno que lo comimos con avidez y con la atención puesta sólo en degustar ese extraordinario plato. (foto plato cordero)

Comenzamos el último día del encuentro de la mejor manera posible, un desayuno campestre en medio de un bosque milenario de robles y a orillas del río. El desayuno fue abundante y variado, unas tostadas de pan de pueblo rociadas con aceite de oliva, embutidos varios, café, leche, zumos, dulces y todo lo que hace falta
para cargar las pilas para un día de pesca que sería la despedida.

Partimos con Eduardo Carmona y Antonio hacia Castroañes, donde nos esperaba un tramo del río Cea con sus aguas muy claras, donde había que ajustar muy bien los lances. 
Eduardo ocupó unas tablas cercanas a donde habíamos dejado la pickup, y con
Antonio nos dirigimos río arriba donde el río se estrechaba y enmarañaba,
dejando poco espacio para lanzar, pero donde proliferaban los posones que
esperábamos albergara alguna trucha importante.

Luego de caminar bastante y comenzar a probar, nos llama Eduardo que se había clavado un anzuelo en el dedo, luego de capturar cinco pintonas de buen porte. Fuimos en su busca y decidimos cambiar de lugar, ya que había llegado otro grupo y había comenzado a probar suerte en el mismo tramo, y nosotros decidimos volver al puente de Villamol. 

Nos acompañó Chema de Caza y Pesca de Canal Digital Plus con su cámara para grabarnos y entrevistarnos. Le hablé a Chema que en ese lugar habíamos estado recechando una trucha de buen porte y él me pidió que la sacara para poder grabarla. El compromiso estaba pactado y me dirigí al lugar donde habíamos visto aquella trucha lomear comiendo, probablemente, alguna emergente.
Comenzamos con una mosca pequeña y lances cortos, ya que había disminuido el
caudal del río y tal vez ésta fario hubiera cambiado de apostadero. Tras unos
pocos lances, conseguí engañar una bonita pintona, que si bien no era aquella
que habíamos visto el día anterior, sí tenía un porte medio para las capturas
que hasta ese momento habíamos conseguido. Tarea resuelta, yo con una hermosa trucha más en mi sacadera y Chema con sus imágenes grabadas en su impresionante cámara. Habíamos cumplido (Foto 5).

Sin embargo con Antonio no estábamos satisfechos y decidimos buscar aquella trucha que alimentaba nuestros cerebros, tenía que estar, y cerca. Tras desplazarnos unos metros río arriba, la vimos, entre dos ramas que apenas asomaban a la superficie de aquel árbol sumergido. Era hermosa, estábamos a poco más de cinco metros de ella y prácticamente no se movía, mala noticia, no estaba comiendo e iba a ser difícil engañarla. Esperamos unos momentos para ver si subía a tomar algún insecto, pero estaba inmóvil, como durmiendo una apacible siesta española. Pusimos a punto tanto el bajo como la mosca, la cual secamos y
peinamos para que recuperara sus facultades de flotación y engaño, vamos que le
hicimos peluquería completa. Ya teníamos todo preparado para comenzar, el lance
debía ser preciso y la deriva perfecta ya que debíamos salvar esas ramitas una
a cada lado de la vena de agua donde estaba la trucha. Después de un buen lance
y con mucha suerte, la mosca toma la dirección adecuada y se dirige lentamente
a la zona de visión de nuestra pintona, estábamos ansiosos; la ve, comienza a
subir con parsimonia, templo los nervios, me preparo y en el último segundo
rechaza la mosca, dejo que continúe la deriva y levanto, no era la mosca
adecuada, cambiamos por una más clara ya que no había ningún insecto ni en
superficie ni emergiendo, vuelvo a intentarlo y la situación se repite, todo
correcto, sin embargo la trucha rechazaba, más obscura, más pequeña, emergente,
spent, y nada la misma situación, hasta que en uno de los lances, la suerte que
me había acompañado en los lances anteriores me abandono y enganché una de las ramitas, que al intentar desenganchar batió el agua y la pintona desapareció.
Ya era mucho, y a esto me refiero cuando digo de lo selectiva que suelen ser
estas milenarias truchas autóctonas, de igual manera nos hizo pasar una buena
hora de cambios de estrategia, moscas y lances. Para mí la jornada había
terminado, ya estaba satisfecho, tal vez necesitaba tiempo para poder pensar
qué podríamos haber hecho, y pensando en eso me di cuenta de lo hermoso de ésta práctica y de que somos los ilusionistas del río, no porque hagamos magia, si
no que en cada lance volcamos toda nuestra ilusión, y no desistimos, un nuevo
lance, una nueva ilusión, y así cuantas veces haga falta.

Esa noche fue la fiesta de despedida, el cierre del encuentro, y como tal no defraudó. La comida nuevamente excelente, regada con unos excelentes vinos de la zona (variedad prieto picudo). Al decir que me hicieron sentir como en casa, no me
equivoco, había un trío musical que amenizaba la velada y en el momento menos
pensado comenzó a cantar un tango, se me vino un lagrimón que sólo pude sujetar
cuando Miguel me invitó, un poco a empujones, a subir y cantar al escenario.
Canté poco, no quería arruinar con mi voz el espectáculo, pero lo suficiente
para sentir que también estos encuentros son necesarios para unir y compartir,
no todo está en la caña, también ese buen ambiente se repite entre pescadores
cuando la caña descansa dentro de su estuche. La pesca es algo más, siempre lo
he pensado, y cada vez agrego algo distinto y único a lo que para mí significa.

Se entregaron bolsos llenos de productos de la tierra, y regalos para todos, y
como yo necesitaba devolver algo de todo lo que me habían dado entregué a la
organización tres carretes gentileza de la gente de STH de Junín de los Andes,
de fabricación Argentina, para que mi país y la pesca nuestra estuviera
presente. Uno de los afortunados fue Ricardo de Portugal, que al tener el
carrete en la mano se me acercó y muy emocionado me lo agradeció con un  fuerte abrazo, un momento que queda grabado muy dentro. (Foto 10) 

Luego del difícil momento de despedirse de los compañeros de pesca y charlas, copiando mails e intercambiando tarjetas para no perder el contacto y poder, en algún otro momento, compartir las orillas de estos maravillosos ríos.

Esa noche quedé con Antonio para ir a pescar juntos al día siguiente, ya que había
retrasado mi viaje hasta el día lunes.

El domingo se presentó con un cielo plomizo y muy cargado, con ráfagas de viento fuerte.
Cuando observamos el cielo Antonio y yo, nos miramos, y en una fracción de
segundo y casi al mismo tiempo dijimos “quien dijo que la pesca era fácil,
chubasqueros y a pescar”. No nos arrepentimos.

Después de una mañana aciaga, sin capturas, con lluvias intermitentes, ráfagas fuertes de viento, sin movimientos en el agua, vamos que nos habíamos equivocado y deberíamos habernos quedado en el bar, tomando un cafecito caliente y luego una copita de Orujo (elixir espirituoso). Pero nuestras  ansias de pesca y algunas ventanas de cielo claro que intercambiaba, con lluvias finas, decidimos, al medio día, picar algo y esperar que mejorara. 

Luego de un suculento plato de cuñas de queso de cabra, jamón y embutidos de la zona en un bar de Almanza, acompañado de una copa de un vino con un cuerpo que quedaba dibujado en la copa y un esponjoso pan de pueblo, era difícil tomar la decisión de salir por la puerta a mojarse y pasar frío. “Bueno, lo intentamos, que vamos a hacer”. De vuelta a casa y atravesando una carretera donde predominan los prados y sembradíos, se abre un claro en el cielo, justo donde estaba el cruce
al puente de Villamol, no hizo falta decir nada, sólo una mirada acompañada de
una afirmación cómplice y giramos en dirección al puente. Llegamos y
rápidamente a enfundarnos los trajes, armar la caña y en poco más de cinco
minutos ya estábamos con las botas en el agua. Sólo bastó eso, tocar el agua
para que empezara a lloviznar, era como si el río nos pusiera a prueba el
temple. No pasa nada, subirse el gorro del chubasquero y no parar de
intentarlo. El río al final reconoció nuestro empeño y entusiasmo, regalándonos
con tres hermosas capturas de pintonas que nos dieron la despedida y nos
dejaron con esa relajación que uno siente cuándo piensa que lo que ha hacho ha
valido la pena.

Y no podía ser de otra manera. Ha valido la pena, y mucho. Un encuentro fabuloso,
dedicado, organizado, con una camaradería incomparable, una pesca y unos ríos
maravillosos, comidas increíbles, y por supuesto muchas cosas más que
seguramente aquel que pase por esta zona no lo dejará indiferente.

Aquel que viaje a España y quiera pescar en el Antiguo continente e intentar engañar estás truchas milenarias, sólo debe reservar unos días para pasar por León.

webs de interés:

www.adescas.org, www.pescaninfa.com, www.cesnatur.com,blog
pescarmona, www.artesanosdelacandana.com, www.patagoniaflyfishing.es